Difusión

Accidente, ´stop´ y cambio de sentido

Tras el «shock» de un siniestro grave en la carretera, las consecuencias a largo plazo transforman la vida – Quique no tiene memoria inmediata, Julia lleva 12 años cuidando a su hijo, José ha perdido la alegría sin su hija.

1. El chico con memoria de pez. 
A Quique Íñiguez le preguntas la edad y se levanta de un brinco. Va a buscar un calendario para ver en qué año estamos y poder hacer la resta. «Este año cumplo 39», responde tras ver escrito el 2014 en el almanaque de la pared. «Su memoria no retiene el año actual. Cuando viene a aprendérselo ya suele ser diciembre», explica Inma, su hermana. Quique tampoco acierta a responder cuándo ocurrió su accidente. Fue en 1996, cuando tenía 19. Él iba en el asiento trasero, otro coche se saltó un stop y colisionó contra el vehículo de Quique, que acabó empotrado debajo de un camión aparcado. «En coma estuvo 50 días», cuenta su hermana. La cara de sorpresa de Quique al oírlo es mayúscula. «¿Cincuenta días? ¡Eso son casi dos meses! Hostia, se dice rápido, pero». Parece que no lo ha oído en su vida. Pero, en realidad, lo ha escuchado cientos de veces. Quique sufre daño cerebral. Su memoria inmediata es de pez. La prueba entristece al interlocutor, porque dos minutos y medio después de esta cara de sorpresa se le pregunta:
«¿Sabes cuántos días estuviste en coma, Quique?».
«No€ ¿Fueron 30? Te lo digo por decir algo».
«No, fueron 50».
«¿Cincuenta? ¡Hostia! ¡Casi dos meses! ¡Cincuenta días en coma! Casi nada».
Tras aquel choque «del que se salvó de milagro» su vida cambió. Los amigos y la novieta fueron desapareciendo, como suele ocurrir en todos estos casos de jóvenes. Aguantan unos meses, pero acaban yéndose. Ley de vida.
Con su risa franca y feliz, Quique cuenta que vive con sus padres en Alboraya. Es difícil mantener una conversación con él, pero es educado, divertido y agradable. Sí recuerda qué hace por las mañanas. «Vengo a la asociación a rehabilitarme y a hacer deberes», contesta. Eso lo recuerda porque lleva 17 años haciendo lo mismo y su memoria lo ha consolidado. Por las tardes ya no sabe en qué emplea el tiempo. Su mirada se pierde y se torna indefensa, como tantas veces cuando no recuerda las cosas este chaval «eternamente joven por su sonrisa y su lenguaje desenfadado» que estudiaba FP de Administrativo y se iba a poner a trabajar. Pero todo se truncó en el asfalto. «Dentro de 15 minutos te cruzarás por la calle con él y será como si no hubieras existido en su vida. Serás un desconocido para él», relata su hermana.
Quique sigue sin poder estar solo nunca; si no, se pierde. Pero en todo este tiempo ha progresado. Era incapaz de estar sentado diez segundos. También ha mejorado la memoria. Ahora hasta retiene los nombres y las edades de sus dos sobrinos. Antes de estrechar la mano de Quique y despedirse «sólo han pasado trece minutos del intento anterior», duele hacer la última pregunta.
«Quique, ¿tú entraste en coma tras el accidente?».
«Sí, entré en coma».
«¿Cuántos días?».
«Eso es lo que no sé. No sé si fueron ocho o…».
«Fueron 50 días».
«¡Hostia! ¡Casi dos meses! Hostia, yo me río, pero sólo de pensarlo. Se dice rápido».

2. La cuidadora sin depresión.
En la habitación de Dani cuelga un mural con una foto suya de cuando tenía 15 años. Su cara regordeta con media sonrisa era de pillo. El cabezal de la cama lo preside la Mare de Déu dels Desemparats. Si existiera, aquí no se le acabaría el trabajo. Dani ya no es el de la foto. Con 17 años «sólo 28 días después de haberse puesto a trabajar como mecánico» sufrió un accidente de moto. Llevaba el casco. Pero en el brazo, como apostilla su madre. Y se quedó casi vegetal, por dura que sea la palabra.
Han pasado 12 años y hoy tiene 29. Se pasa el día en la cama, excepto un par de horas por la mañana que pasa en la silla de ruedas. Dani se halla a caballo entre un estado de mínima respuesta y un deterioro cognitivo severo. No habla nada, ingiere la comida por el estómago a través de una sonda y la orden más compleja que ha aprendido a obedecer es a tocarse con el dedo la boca y la nariz cuando se lo piden. Arquea las cejas para decir «sí» y cierra los ojos para responder «no». Dirige la mirada si ve un estímulo, extiende las piernas, da la mano o incluso un beso si le arrimas la cara. Poco más, por desgracia. En todo este tiempo no ha salido a la calle más que para ir al hospital. Ahora le están fabricando un cabezal especial para que pueda salir alguna vez en la silla de ruedas, porque la cabeza se le ladea continuamente.
De la vida de Dani no hay mucho más que añadir. Sí de la de su madre, Julia. Los nombres son ficticios, la realidad es crudamente como sigue: Julia se quedó viuda a los 33 años con un solo niño de cuatro años y una pensión discreta. Tenía que sacar la casa adelante. Trece años después, la vida le pegó otro mazazo. Pero su carácter, a todas luces especial, aborda el cambio con franqueza. «Esto no tiene explicación porque es un cambio radical. En un segundo cambia todo. Y eso jode mucho. Tú pon fastidia, pero la verdad es que jode», aclara. No es un sacrificio, afirma, porque una madre no ve nunca como sacrificio lo que tiene que ver con sus hijos.
«Aquí el único problema -prosigue- es no aceptar lo que hay. Al principio crees que saldrá adelante y no quieres ver la realidad. Pero una vez lo aceptas, es el día a día y punto. Porque sales del hospital y llegas a casa y has de aprender cómo se tritura la comida, cómo se da la medicación, cómo se asea y se traslada a una persona, cómo se consiguen aparatos necesarios como el aspirador de mucosidad, el oxígeno, el aerosol. Así que yo lo digo claro a quien le pase una cosa así: «No cojas depre que no te da tiempo. Eso le puede pasar a quien no le ha dolido una muela en su vida. Pero los pobres no podemos permitirnos eso. Si viene, viene. Es lo que hay. Hay que aceptarlo y s´ha acabat», remata. Mirándola junto a su hijo estirado e inmóvil en una silla de ruedas frente a una pantalla de televisión con el dibujo animado del tío Gilito congelado, queda patente que eso, y no otra cosa, son las agallas.

Dani. De mecánico a una vida silente entre la cama y la silla
Dani. De mecánico a una vida silente entre la cama y la silla

3. De la extremaunción a investigador de telecomunicaciones.
Estamos en el verano de 1996. Juan Montalvá tiene 16 años, es scout y voluntario de Medio Ambiente para la prevención forestal y la vigilancia del monte. El vehículo en el que viaja por Peñíscola sufre un choque y da varias vueltas de campana. Del coche salen tres lesionados medulares. El más grave, Juan: en coma, perforaciones en los pulmones, respiración asistida.
Tan malo era el pronóstico que un cura entró en la habitación y le impartió el sacramento de la confirmación «necesario para el paso posterior» y el de la extremaunción. Tras un mes en la UVI logró recuperarse. Ahora bien: Juan quedó tetrapléjico.
Pasó un año en el hospital. Allí, a distancia, estudió el bachillerato. Al siguiente curso volvió a su colegio. El primer día casi no entra del miedo escénico por la nueva situación. Pero si bien entró con reticencias, logró salir por la puerta grande. Aunque los profesores le aconsejaban que partiera el curso en dos, él se esforzó y acabó con matrícula de honor. Luego se licenció como ingeniero de Telecomunicaciones, acabó el doctorado y ahora es investigador en la Universidad Politécnica de Madrid.
Lo ha conseguido todo dictando al ordenador con la voz o escribiendo de la única forma que puede: «Golpeo las teclas con el nudillo del dedo meñique de la mano derecha», explica. Desde su silla eléctrica, manejable con un joystick, las barreras no existen para Juan. No por la silla. Sino por su mente.

4. Dos padres sin consuelo.
Es tanta la pena que transmite la voz de José Vizcaíno que resulta inevitable acabar con los ojos mojados. Este tono lo arrastra desde el 30 de noviembre de 2012, hace menos de año y medio. Ese día, su hija Nerea de 18 años fue atropellada cuando volvía andando de madrugada a su casa de La Cañada. El conductor iba borracho. Era la primera noche que Nerea salía sola sin que sus padres la acompañaran y la recogieran. Y ocurrió el drama.
El padre podría dulcificar la experiencia o hacerla menos traumática. Pero mentiría. «Desde ese momento -cuenta José-, ya no tenemos ganas de nada. Es como si nos hubieran desconectado del mundo. Eres otra persona, ya no eres de este mundo. Aprendes a vivir así: a vivir sin ganas, a trabajar sin ganas. Porque era nuestra única hija, nuestra esperanza de todo. Todos los padres dirán lo mismo, pero es que mi hija€ era especial. Obediente, responsable, nunca nos había dado ningún problema», lamenta. Han acudido a talleres de duelo para sobrellevar mejor la situación. Pero es difícil. José, de 52 años, sabe que a él y a su esposa Pilar les queda mucha vida. «¿Pero esto es vida?», replica. Estas Fallas se van de Valencia, como el año pasado. Nerea era fallera. «Oímos música y petardos y, lo que es alegría, a nosotros nos da pena. Es una sensación muy rara».

Inma Íñiguez
Terapeuta de daño cerebral
Terapeuta ocupacional y cordirectora de Nueva Opción, Inma destaca la importancia de que encuentren nuevos intereses para seguir viviendo. Y pide apoyo público en forma de más ayudas.

Pilar Josefa
Una oncóloga reconvertida a la fuerza
Pili, de 54 años, era oncóloga. Trabajaba en el Hospital de Castelló. Aquel día recibió un aviso de urgencia domiciliaria. Cogió el coche y, pensando en el paciente al que iba a visitar, sufrió un accidente. Al despertar del coma no recordaba a nadie. «Fue como conocer a todos de nuevo», explica. Tuvo que dejar su profesión y ayudarse de una asistenta que le hace las labores de casa. La vida ha cambiado con su débil memoria. Alterna la rehabilitación con las telenovelas. Pero lo que más le llena son las ovaciones de los alumnos cuando da charlas de concienciación.

Quique Íñiguez
Nunca puede ir solo porque se pierde
Veinte años después del accidente, la memoria de Quique está muy débil. Un ejemplo: si le mandan ir a por aceite y leche, ha de ir repitiéndose todo el rato «aceite y leche» hasta llegar al sitio
y cogerlo. Si no, se le olvida.

Nicolás Torrano
Una vida cambiada de arriba abajo
Tuvo un percance con otro coche y, cuando hacían papeles al borde de la calzada, otro vehículo los atropelló. Ella quedó en estado vegetativo. Él, Nicolás Torreno, corredor de seguros, sufrió un fuerte daño cerebral. ¿Qué ha cambiado en su vida? «Mejor habrías de preguntar qué es lo que no ha cambiado. ¿Y sabes qué no ha cambiado? Que tengo vida, ¿te parece poco?». Ya no pudo volver a trabajar por el daño cognitivo. Pero da gracias por una cosa: «Nunca me aburro y todo me sorprende. ¡Se me ha concedido la posibilidad de volver a ser niño!».

Juan Montalvá
Tetrapléjico con 16, doctor en «teleco» y profesor a los 34
«Me dijeron que había de superar una fase de «shock», otra de negación de la realidad, otra de depresión y otra de aceptación. Pero yo no he pasado nada de eso. Me adapto bien a las situaciones y, después del accidente, no me centré en lo que no podía hacer, sino en lo que sí podía hacer». Juan se ha casado y practica deportes adaptados.

 

Reportaje de Paco Cerdà, publicado en Levante-emv digital. Fuente: http://www.levante-emv.com/comunitat-valenciana/2014/03/29/accidente-stop-cambio-sentido/1095450.html

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